domingo, 30 de octubre de 2016

“¡Liga o tranca!”, fue el grito de combate del tiznao

https://twitter.com/elheraldoco/status/69607412042603315307 de Febrero de 2016

Reportero de EL HERALDO se metió en la piel de un negro tiznao y caminoteó las calles de varios barrios populares, sintiendo en carne propia lo que viven estos disfraces de nuestro Carnaval.
Bajo un sol templao, retador, que desde un inicio empezó a picar con saña mi espalda, arranqué mi viaje a pie en los ‘zapatos’ de un negro tiznao, de esos a los que muchos les huyen despavoridos, en especial los niños.
Todos los años, desde que se da apertura al desorden organizado más reconocido del territorio nacional, los disfraces de negros tiznados con carbón y aceite de motor quemado o con pintura corporal pueden verse retacando y rebuscándose  entre las coloridas calles engalanadas de Carnaval.
En una Barranquilla que se sume en la dictadura del descontrol y el vacile colectivo, ellos salen con sus torsos relucientes de un negro brillante, como una especie de legado de ese Carnaval de barriada y de bordillo que se resiste a desaparecer.
A las diez de la mañana de ayer, en la calle 72 con carrera 68, cuando miles de barranquilleros, visitantes del interior del país y extranjeros empezaron a arribar a la Vía 40, yo, tiznado de la cabeza a los pies, como un negro cimarrón, rebelde y vacilador, garrote  en mano, como bien manda la tradición de este disfraz, lancé a los apresurados transeúntes que se afanaban por llegar al Cumbidrómo el primer grito de batalla, aunque no fuera de flores. “¡Liga o tranca!”.
Entre los sonidos verbeneros de viejas canciones carnavaleras que escapan de los picós y otros equipos: Aheee, aheee mi banana, aheee mi banana aheee... coroné mis primeras monedas.
EL DISFRAZ
El nombre de Dios, como llaman los comerciantes a la primera venta del día, lo hice en una tienda de la 72. Varios amigos que reventaban frías para calmar el calor del mediodía, entre risas y comentarios vaciladores, sacaron el menudo de sus  bolsillos y el tintineo de las monedas se hizo sentir en la mochila vacía. “ Nojoda, broder, con esa cara y ese garrote quién no le suelta el billete, cuadro”, comentó uno de los presentes que además bautizó mi mañana brindándome una fría ‘vestida de novia’.
En menos de media hora, el sol y la tintura empezaron a manifestarse con un insistente comezón en mi espalda. A pocos pasos de la tienda, un carnavalero bonachón, ataviado con sombreo vueltiao y camisa de colores vivos, antes de soltar una sonora carcajada, sacó de su pantalón un billete de 5.000 para rematar con un comentario jocoso:
“Nojoda, mi hermano, con este palo e’ sol y pintao así, loco, esa es una vaina brava. Toma la liga pa’ que te mames las frías en la noche”.
Mauricio Caballero preparó la noche del viernes las dos bolsas de carbón y el aceite de cocina que vertió en todo su cuerpo ayer por la mañana. Primero ralló el mineral y lo dejó caer en un tanque, al que después le agregó una cantidad exacta del aceite con el que en su casa fritan las mojarras y los patacones.
Caballero lleva 10 años rebuscándose en Carnaval como negro tiznao. Ayer empezó su faena a las 9:00 a.m. Desde su barrio, Nueva Colombia, se mandó ‘guayando’ hasta la 72.
“Generalmente me sacó entre 70 y 100 barras. Ajá, uno lo hace por el vacile del Carnaval y para rebuscarse. Con el billete hago una comprita breve y me alcanza pa’ las frías”, contó mientras inmortalizábamos el encuentro, con una foto para la posteridad.
Negritos de nueva Colombia
Eran por lo menos siete, el mayor dijo que tenía 17 años y el menor 11. Embadurnados de carbón y aceite de cocina, salieron de Nueva Colombia acosando a los gozones carnavaleros.
“Nos hacemos entre todos como 120 barras y los repartimos. Le doy una parte a mi abuela y la otra me la gasto en cualquier vaina, en chucherías”, contó el mayor.
Otros revelaron que el dinero lo gastan en video juegos; ayudando en la casa con arroz, carne y guineos, y ¡cómo no... de ahí también sale el billete para ir a la verbena en el barrio!
Volver al pasado
Viendo a estos pelaos en su rebusque no pude evitar transportarme en el  tiempo. De golpe llegaron los recuerdos del Carnaval cuando con el combo de amigos de La Unión caminábamos sectores de La Victoria, San José, Cevillar, El Carmen y el Campito embadurnados de barro hasta las orejas, de 10 de la mañana a 5 de la tarde, armados con una cabuya en un rebusque divertido que culminaba con el conteo de moneditas y la compra de gaseosas en lata y perros calientes.
En aquellos carnavales veíamos la Batalla de Flores desde la copa de los árboles en la carrera 43. ¡Puro VIP!
Y después en la noche, entre canciones del inolvidable Centurión de la Noche, el Nene y sus Traviesos, Juan Piña y los merengazos infaltables de Wilfrido Vargas, luuuna, dime tú si ella me quiere..., azotábamos baldosas en la verbenita que hacían al lado del extinto teatro Las Palmas, echándoles los perros a las jebas, que, por lo menos a mí, después del primer pisotón, me mandaban a recoger por  “mocoso, chiquito y sucio”.
Esos viejos carnavales eran sin tanto tráiler, reguetón, champeta ‘pro pro’, descremada y gourmet, y estrellitas de TV que aportan poco o nada a la tradición.
Carnavales en los que mandaban la parada las verbenas de verdad y no los pretenciosos embelecos de ahora, con nombres tecnotrónicos.
CORRE CORRE Y PICARDÍA
El experimento en el inicio de las festividades de su majestad Marcela fue una vuelta al Carnaval de barrio y bordillo, del que me hablaron casi todos los que aportaron con billetes o monedas a alimentar mi mochila.
“Socio, es que uno con eso de los palcos tan caros y toda esa cosa tan extraña que ahora le quieren meter, prefiere quedarse por la casa, con frías, sancochito y con las ‘llaves’ del barrio. Es que se ha perdido mucho la esencia”, indicó un barbudo que en el barrio Rebolo aportó $2.000 a la causa.
La patoneada como tiznado incluyó sectores de Sanpacho, Bellavista, Recreo, Simón Bolívar, Las Nieves, El Campito, Rebolo y Barrio Abajo.
A las 3:40 de la tarde, cuando en el popularmente llamado Bajo Manhattan dimos por culminada la faena, conté, entre monedas y billetes, 47.000 bien sudados y caminados pesos.
Muchos niños y niñas huyeron de mí y de mi tranca amenazante; decenas de adultos se hicieron fotografías conmigo. Y hasta en el Barrio Abajo sucedió lo inusitado: un par de coquetas muchachas, al escuchar el grito !Liga o tranca!, con evidente picardía, contestaron casi al unísono: “Tranca, papito; ¿cuál es el problema con la tranca...?”.
Sentir en carne propia lo que viven estos disfraces que se gozan el Carnaval de manera alterna, entre las calles destapadas de los barrios populares, también me hizo entender que tiznado de la cabeza a los pies uno encarna la Guacherna, la Batalla de Flores y la Gran Parada; el tambó, la flauta e’ millo, el juepaje, la cumbia, el picó, la verbena y el ¡no le pegue a la negra! del Joe.
Con mucho orgullo, ayer volví a ser Carnaval.

http://www.elheraldo.co/tendencias/liga-o-tranca-fue-el-grito-de-combate-del-tiznao-242354


¡Yo, engorilao!

Foto: Giovanny Escudero


15 de Febrero de 2015

No es fácil desfilar los cuatro kilómetros del Cumbiódromo, llevando encima un disfraz pesado y asfixiante. Crónica desde adentro de la comparsa Selva Africana.
A las 2:30 de la tarde  se abrieron para mí  y para la comparsa Selva Africana, una de las más reconocidas y tradicionales de Galapa, las puertas del Cumbiódromo en la  Vía 40.  Cuatro kilómetros de jolgorio, alegría y furor carnavalero que se constituyeron desde el primer momento en un desafío.
Bajo un mameluco de felpa y una claustrofóbica máscara de gorila que poco o nada  permitía espacio para la respiración, más el rigor del peso del morral, el aguacero de sudor que se escurría bajo ese saco de pelos, la ansiedad, el calor y la humedad se convirtieron en la primera lección del día que arrojó una verdad a raja tabla: los actores de esta fiesta que se someten a voluntad a esta prueba de fuego una y otra vez cada año, solo merecen respeto y admiración. 
La calle de honor
Como si se tratase de una inyección de adrenalina que entró en todo el torrente colectivo de los bailarines y disfraces, al entrar en esa especie de calle de honor en la que miles de turistas, locales, nacionales y extranjeros, nos recibieron en medio de aplausos y del  entusiasmo cada uno de mis  resquemores y dudas se fueron al mismísimo carajo.
Como complemento para el ánimo, la explosión de los sonidos de las gaitas y el  llamado de los tambores, se tradujeron en vaivén de caderas y gritos de batalla cuando   irrumpió en escena la única  soberana de estas fiestas, su majestad la cumbia.
¡Uepajeeeeeeeeeeeee!
A golpe de mapelé, la Selva Africana se tomó el ‘cumbidrómo’ con sus  bailadoras y bailadores, entre tocados, maquillaje,  tigres, mandriles, elefantes, toros, búfalos y rinocerontes. Los actuales 55 integrantes, segmentados entre músicos, bailadores y disfraces, que evocan a la madre selva, son hoy la sabia  de esta comparsa que ha sido galardonada a lo largo de sus 37 años de existencia con  19  Congos de Oro, bajo la batuta de  José Llanos Ojeda, su fundador y Rey Momo del Carnaval del Bicentenario 2013.
Los niños fueron los que más solicitaron fotografías con el disfraz a lo largo del desfile. 
Ron para el cansancio
“Lo veo barro, gorila, cuidao  me va a salir como unos cachaccones que no aguantaron ni la mitad del desfile”, dijo en tono burlón el artista plástico y hoy líder de la comparsa, Luis Demetrio Llanos, mientras ponía a rodar la bebida espirituosa que anunció todo el tiempo como el único remedio para el cansancio.
“Pégese el roncito, gorila, a punta e’ ron el cansancio ni se siente”, sentenció como si se tratase de una máxima irrefutable.
Qué es lo que tiene/el Carnaval de Curramba/cómo enloquece a la hija, cómo enloquece a la mama...
Escapaban los eternos temas carnavaleros de algunos de los tráiler que aún respetan la tradición, entre toda esa  mezcolanza de géneros, nuevos aires y sonidos que se han venido tomando el Carnaval.
“Gorila ¿Si vio que quien lo vive es quien lo goza? Hay que meterse en un disfraz de estos pa’ sentir la firmeza. Hay que querer mucho el Carnaval, no importan los sacrificios”, comentó Oliver Badillo, uno de los más veteranos integrantes de la comparsa.
¡Gorila, una foto, una foto! Fue la constante durante todo el recorrido.
Mujeres, adultos, extranjeros y sobre todo los niños, fueron los que más disfrutaron de las monerías  y cabriolas, responsabilidad que le tocó asumir a este triste gorila, despistado, cansado y asfixiado por el rigor de esta batalla que, en más de un momento, sintió  que estuvo a punto de perder.
“Bailen, bailen, hagan algo, pónganse la máscara” interpelaba el público ansioso de más monerías, monadas y micadas, sin entender que después de una hora ni el ron ni la cerveza, ni ninguna otra batería funciona ya cuando se ha tragado tanto sol y ya el sudor bajo el pelambre es poco menos que un diluvio.

Yo, pecador
Por mi culpa, por mi gran culpa, este gorila carnavalero admite haberle faltado a los sagrados preceptos del Carnaval, porque a la altura de la Base Naval, mantener la máscara puesta por espacio de cinco minutos,  o corretear en la mitad de la calle moneando como loco, a esas alturas, era ya una proeza impensable e imposible.
Para entender cómo un actor del Carnaval se somete a todo tipo de sacrificios, bailando y correteando por espacio de dos horas o más, hay que sentir el cariño del público, los abrazos, la alegría de los niños, el calor y la calidez de la gente que a lo largo del trayecto te ofrece y te brinda de todo: ron, cerveza, whisky, agua, bebidas energizantes y, en algunos casos, hasta dinero.

El billete de 5 mil
Una linda extranjera de ojos verde esmeralda y bien intencionada se empeñó en entregarme un billete de $5.000, después de haber tomado varias fotografías y, por poco, no acepta un “no” por respuesta.
Faltando poco para que terminara esta batalla casi que personal por evitar a toda costa desmuenguarme frente a miles de colombianos enfiestados, Omar Ahumada, con 24 años de experiencia en esta comparsa, recordó la emoción que a esa hora ya corría por unos palpitantes y adoloridos pies y hasta el último de los huesos de este gorila infiltrado. “¿Si la pilla lo maravilloso que es esta experiencia? La alegría de la gente, el jolgorio, ver tanta felicidad junta, eso no tiene precio” .
Sacando el último residuo de energía vital, cuando la pelambre enredada entre los zapatos estaba por vencer a este ‘espalda plateada’ apabullado y adolorido , apareció el Puente de La María, indicando el final de esta batalla.
El abogado Luis Carlos Oquendo, con su disfraz de tigre despintado por el cansancio, disparó una máxima de esas que hablan del amor de muchos por esta locura colectiva que se toma a la ciudad por 96 horas. “Cansa verdad, pero por mí que haya Carnaval todo el año.  Voy a seguir saliendo en desfiles hasta que mi cuerpo me deje”.
A las 4 de la tarde acabó el recorrido para Selva Africana y para el gorila engorilao, dejando en claro que por un día se puede ser alegría, jolgorio, fiesta, goce, y entender  de verdad a raja tabla,  como si se tratase de un puñetazo limpio, que en Carnaval, quien lo vive es quien lo goza.
...Como una extraña ironía o el desquite de un cuerpo deshidrato y martirizado, en la cabeza de este gorila infiltrado se repetía un estribillo impertinente: suéltame gorila / No / Que me sueltes gorila / No...  ya que el verdadero olor a gorila me siguió hasta la sala de Redacción.