“¡Liga o tranca!”, fue el grito de combate del tiznao

https://twitter.com/elheraldoco/status/69607412042603315307 de Febrero de 2016

Reportero de EL HERALDO se metió en la piel de un negro tiznao y caminoteó las calles de varios barrios populares, sintiendo en carne propia lo que viven estos disfraces de nuestro Carnaval.
Bajo un sol templao, retador, que desde un inicio empezó a picar con saña mi espalda, arranqué mi viaje a pie en los ‘zapatos’ de un negro tiznao, de esos a los que muchos les huyen despavoridos, en especial los niños.
Todos los años, desde que se da apertura al desorden organizado más reconocido del territorio nacional, los disfraces de negros tiznados con carbón y aceite de motor quemado o con pintura corporal pueden verse retacando y rebuscándose  entre las coloridas calles engalanadas de Carnaval.
En una Barranquilla que se sume en la dictadura del descontrol y el vacile colectivo, ellos salen con sus torsos relucientes de un negro brillante, como una especie de legado de ese Carnaval de barriada y de bordillo que se resiste a desaparecer.
A las diez de la mañana de ayer, en la calle 72 con carrera 68, cuando miles de barranquilleros, visitantes del interior del país y extranjeros empezaron a arribar a la Vía 40, yo, tiznado de la cabeza a los pies, como un negro cimarrón, rebelde y vacilador, garrote  en mano, como bien manda la tradición de este disfraz, lancé a los apresurados transeúntes que se afanaban por llegar al Cumbidrómo el primer grito de batalla, aunque no fuera de flores. “¡Liga o tranca!”.
Entre los sonidos verbeneros de viejas canciones carnavaleras que escapan de los picós y otros equipos: Aheee, aheee mi banana, aheee mi banana aheee... coroné mis primeras monedas.
EL DISFRAZ
El nombre de Dios, como llaman los comerciantes a la primera venta del día, lo hice en una tienda de la 72. Varios amigos que reventaban frías para calmar el calor del mediodía, entre risas y comentarios vaciladores, sacaron el menudo de sus  bolsillos y el tintineo de las monedas se hizo sentir en la mochila vacía. “ Nojoda, broder, con esa cara y ese garrote quién no le suelta el billete, cuadro”, comentó uno de los presentes que además bautizó mi mañana brindándome una fría ‘vestida de novia’.
En menos de media hora, el sol y la tintura empezaron a manifestarse con un insistente comezón en mi espalda. A pocos pasos de la tienda, un carnavalero bonachón, ataviado con sombreo vueltiao y camisa de colores vivos, antes de soltar una sonora carcajada, sacó de su pantalón un billete de 5.000 para rematar con un comentario jocoso:
“Nojoda, mi hermano, con este palo e’ sol y pintao así, loco, esa es una vaina brava. Toma la liga pa’ que te mames las frías en la noche”.
Mauricio Caballero preparó la noche del viernes las dos bolsas de carbón y el aceite de cocina que vertió en todo su cuerpo ayer por la mañana. Primero ralló el mineral y lo dejó caer en un tanque, al que después le agregó una cantidad exacta del aceite con el que en su casa fritan las mojarras y los patacones.
Caballero lleva 10 años rebuscándose en Carnaval como negro tiznao. Ayer empezó su faena a las 9:00 a.m. Desde su barrio, Nueva Colombia, se mandó ‘guayando’ hasta la 72.
“Generalmente me sacó entre 70 y 100 barras. Ajá, uno lo hace por el vacile del Carnaval y para rebuscarse. Con el billete hago una comprita breve y me alcanza pa’ las frías”, contó mientras inmortalizábamos el encuentro, con una foto para la posteridad.
Negritos de nueva Colombia
Eran por lo menos siete, el mayor dijo que tenía 17 años y el menor 11. Embadurnados de carbón y aceite de cocina, salieron de Nueva Colombia acosando a los gozones carnavaleros.
“Nos hacemos entre todos como 120 barras y los repartimos. Le doy una parte a mi abuela y la otra me la gasto en cualquier vaina, en chucherías”, contó el mayor.
Otros revelaron que el dinero lo gastan en video juegos; ayudando en la casa con arroz, carne y guineos, y ¡cómo no... de ahí también sale el billete para ir a la verbena en el barrio!
Volver al pasado
Viendo a estos pelaos en su rebusque no pude evitar transportarme en el  tiempo. De golpe llegaron los recuerdos del Carnaval cuando con el combo de amigos de La Unión caminábamos sectores de La Victoria, San José, Cevillar, El Carmen y el Campito embadurnados de barro hasta las orejas, de 10 de la mañana a 5 de la tarde, armados con una cabuya en un rebusque divertido que culminaba con el conteo de moneditas y la compra de gaseosas en lata y perros calientes.
En aquellos carnavales veíamos la Batalla de Flores desde la copa de los árboles en la carrera 43. ¡Puro VIP!
Y después en la noche, entre canciones del inolvidable Centurión de la Noche, el Nene y sus Traviesos, Juan Piña y los merengazos infaltables de Wilfrido Vargas, luuuna, dime tú si ella me quiere..., azotábamos baldosas en la verbenita que hacían al lado del extinto teatro Las Palmas, echándoles los perros a las jebas, que, por lo menos a mí, después del primer pisotón, me mandaban a recoger por  “mocoso, chiquito y sucio”.
Esos viejos carnavales eran sin tanto tráiler, reguetón, champeta ‘pro pro’, descremada y gourmet, y estrellitas de TV que aportan poco o nada a la tradición.
Carnavales en los que mandaban la parada las verbenas de verdad y no los pretenciosos embelecos de ahora, con nombres tecnotrónicos.
CORRE CORRE Y PICARDÍA
El experimento en el inicio de las festividades de su majestad Marcela fue una vuelta al Carnaval de barrio y bordillo, del que me hablaron casi todos los que aportaron con billetes o monedas a alimentar mi mochila.
“Socio, es que uno con eso de los palcos tan caros y toda esa cosa tan extraña que ahora le quieren meter, prefiere quedarse por la casa, con frías, sancochito y con las ‘llaves’ del barrio. Es que se ha perdido mucho la esencia”, indicó un barbudo que en el barrio Rebolo aportó $2.000 a la causa.
La patoneada como tiznado incluyó sectores de Sanpacho, Bellavista, Recreo, Simón Bolívar, Las Nieves, El Campito, Rebolo y Barrio Abajo.
A las 3:40 de la tarde, cuando en el popularmente llamado Bajo Manhattan dimos por culminada la faena, conté, entre monedas y billetes, 47.000 bien sudados y caminados pesos.
Muchos niños y niñas huyeron de mí y de mi tranca amenazante; decenas de adultos se hicieron fotografías conmigo. Y hasta en el Barrio Abajo sucedió lo inusitado: un par de coquetas muchachas, al escuchar el grito !Liga o tranca!, con evidente picardía, contestaron casi al unísono: “Tranca, papito; ¿cuál es el problema con la tranca...?”.
Sentir en carne propia lo que viven estos disfraces que se gozan el Carnaval de manera alterna, entre las calles destapadas de los barrios populares, también me hizo entender que tiznado de la cabeza a los pies uno encarna la Guacherna, la Batalla de Flores y la Gran Parada; el tambó, la flauta e’ millo, el juepaje, la cumbia, el picó, la verbena y el ¡no le pegue a la negra! del Joe.
Con mucho orgullo, ayer volví a ser Carnaval.

http://www.elheraldo.co/tendencias/liga-o-tranca-fue-el-grito-de-combate-del-tiznao-242354


¡Yo, engorilao!

Foto: Giovanny Escudero


15 de Febrero de 2015

No es fácil desfilar los cuatro kilómetros del Cumbiódromo, llevando encima un disfraz pesado y asfixiante. Crónica desde adentro de la comparsa Selva Africana.
A las 2:30 de la tarde  se abrieron para mí  y para la comparsa Selva Africana, una de las más reconocidas y tradicionales de Galapa, las puertas del Cumbiódromo en la  Vía 40.  Cuatro kilómetros de jolgorio, alegría y furor carnavalero que se constituyeron desde el primer momento en un desafío.
Bajo un mameluco de felpa y una claustrofóbica máscara de gorila que poco o nada  permitía espacio para la respiración, más el rigor del peso del morral, el aguacero de sudor que se escurría bajo ese saco de pelos, la ansiedad, el calor y la humedad se convirtieron en la primera lección del día que arrojó una verdad a raja tabla: los actores de esta fiesta que se someten a voluntad a esta prueba de fuego una y otra vez cada año, solo merecen respeto y admiración. 
La calle de honor
Como si se tratase de una inyección de adrenalina que entró en todo el torrente colectivo de los bailarines y disfraces, al entrar en esa especie de calle de honor en la que miles de turistas, locales, nacionales y extranjeros, nos recibieron en medio de aplausos y del  entusiasmo cada uno de mis  resquemores y dudas se fueron al mismísimo carajo.
Como complemento para el ánimo, la explosión de los sonidos de las gaitas y el  llamado de los tambores, se tradujeron en vaivén de caderas y gritos de batalla cuando   irrumpió en escena la única  soberana de estas fiestas, su majestad la cumbia.
¡Uepajeeeeeeeeeeeee!
A golpe de mapelé, la Selva Africana se tomó el ‘cumbidrómo’ con sus  bailadoras y bailadores, entre tocados, maquillaje,  tigres, mandriles, elefantes, toros, búfalos y rinocerontes. Los actuales 55 integrantes, segmentados entre músicos, bailadores y disfraces, que evocan a la madre selva, son hoy la sabia  de esta comparsa que ha sido galardonada a lo largo de sus 37 años de existencia con  19  Congos de Oro, bajo la batuta de  José Llanos Ojeda, su fundador y Rey Momo del Carnaval del Bicentenario 2013.
Los niños fueron los que más solicitaron fotografías con el disfraz a lo largo del desfile. 
Ron para el cansancio
“Lo veo barro, gorila, cuidao  me va a salir como unos cachaccones que no aguantaron ni la mitad del desfile”, dijo en tono burlón el artista plástico y hoy líder de la comparsa, Luis Demetrio Llanos, mientras ponía a rodar la bebida espirituosa que anunció todo el tiempo como el único remedio para el cansancio.
“Pégese el roncito, gorila, a punta e’ ron el cansancio ni se siente”, sentenció como si se tratase de una máxima irrefutable.
Qué es lo que tiene/el Carnaval de Curramba/cómo enloquece a la hija, cómo enloquece a la mama...
Escapaban los eternos temas carnavaleros de algunos de los tráiler que aún respetan la tradición, entre toda esa  mezcolanza de géneros, nuevos aires y sonidos que se han venido tomando el Carnaval.
“Gorila ¿Si vio que quien lo vive es quien lo goza? Hay que meterse en un disfraz de estos pa’ sentir la firmeza. Hay que querer mucho el Carnaval, no importan los sacrificios”, comentó Oliver Badillo, uno de los más veteranos integrantes de la comparsa.
¡Gorila, una foto, una foto! Fue la constante durante todo el recorrido.
Mujeres, adultos, extranjeros y sobre todo los niños, fueron los que más disfrutaron de las monerías  y cabriolas, responsabilidad que le tocó asumir a este triste gorila, despistado, cansado y asfixiado por el rigor de esta batalla que, en más de un momento, sintió  que estuvo a punto de perder.
“Bailen, bailen, hagan algo, pónganse la máscara” interpelaba el público ansioso de más monerías, monadas y micadas, sin entender que después de una hora ni el ron ni la cerveza, ni ninguna otra batería funciona ya cuando se ha tragado tanto sol y ya el sudor bajo el pelambre es poco menos que un diluvio.

Yo, pecador
Por mi culpa, por mi gran culpa, este gorila carnavalero admite haberle faltado a los sagrados preceptos del Carnaval, porque a la altura de la Base Naval, mantener la máscara puesta por espacio de cinco minutos,  o corretear en la mitad de la calle moneando como loco, a esas alturas, era ya una proeza impensable e imposible.
Para entender cómo un actor del Carnaval se somete a todo tipo de sacrificios, bailando y correteando por espacio de dos horas o más, hay que sentir el cariño del público, los abrazos, la alegría de los niños, el calor y la calidez de la gente que a lo largo del trayecto te ofrece y te brinda de todo: ron, cerveza, whisky, agua, bebidas energizantes y, en algunos casos, hasta dinero.

El billete de 5 mil
Una linda extranjera de ojos verde esmeralda y bien intencionada se empeñó en entregarme un billete de $5.000, después de haber tomado varias fotografías y, por poco, no acepta un “no” por respuesta.
Faltando poco para que terminara esta batalla casi que personal por evitar a toda costa desmuenguarme frente a miles de colombianos enfiestados, Omar Ahumada, con 24 años de experiencia en esta comparsa, recordó la emoción que a esa hora ya corría por unos palpitantes y adoloridos pies y hasta el último de los huesos de este gorila infiltrado. “¿Si la pilla lo maravilloso que es esta experiencia? La alegría de la gente, el jolgorio, ver tanta felicidad junta, eso no tiene precio” .
Sacando el último residuo de energía vital, cuando la pelambre enredada entre los zapatos estaba por vencer a este ‘espalda plateada’ apabullado y adolorido , apareció el Puente de La María, indicando el final de esta batalla.
El abogado Luis Carlos Oquendo, con su disfraz de tigre despintado por el cansancio, disparó una máxima de esas que hablan del amor de muchos por esta locura colectiva que se toma a la ciudad por 96 horas. “Cansa verdad, pero por mí que haya Carnaval todo el año.  Voy a seguir saliendo en desfiles hasta que mi cuerpo me deje”.
A las 4 de la tarde acabó el recorrido para Selva Africana y para el gorila engorilao, dejando en claro que por un día se puede ser alegría, jolgorio, fiesta, goce, y entender  de verdad a raja tabla,  como si se tratase de un puñetazo limpio, que en Carnaval, quien lo vive es quien lo goza.
...Como una extraña ironía o el desquite de un cuerpo deshidrato y martirizado, en la cabeza de este gorila infiltrado se repetía un estribillo impertinente: suéltame gorila / No / Que me sueltes gorila / No...  ya que el verdadero olor a gorila me siguió hasta la sala de Redacción.

“Yo soy Muamar el Gadafi, pero el de la nota bacana” | El Heraldo

La muerte de Muamar el Gadafi generó todo tipo de reacciones a lo largo y lo ancho del globo: Incredulidad, vitoreos, rabia, festejos, llanto, risas , confusión. Tales son las emociones que el militar rebelde y autócrata generaba entre sus contemporáneos.
Muamar el Gadafi cosechó odios y amores acérrimos. Una serie de mitos e hipérboles y desde el primer día de su muerte se comenzaron a tejer intrincadas telarañas y especulaciones, que pretenden dejar una sombra de duda entorno a su muerte y sumergirlo en esa madeja de supuestas conspiraciones que se arraigan muy rápido en el imaginario popular. 

Gadafi está vivo, Barrio abajo, Barranquilla
En una humilde morada ubicada en un barrio popular de esta ciudad tropical, sitiada por el invierno y peligrosos arroyos, bajo una perniciosa lluvia de medio día, encontramos el refugio de ‘el Coronel’: Gafas oscuras, turbante enredado en su cabeza, y los atavios de la indumentaria típica que siempre caracterizó al absoluto dueño del poder en Libia durante décadas. Ahí estaba, sereno y pensativo, Richard Bruno Spadei, músico, actor y comediante, que durante el último año viene caracterizando al Coronel rebelde, con mucha precisión y profesionalismo.
Si cualquiera de los enemigos del ex líder libio se encontrara por la calle con Ricardo cuando está caracterizado, los resultados podrían ser nefastos para el imitador, teniendo en cuenta las declaraciones de incredulidad sobre la muerte de Gadafi que ya circulan por el planeta entero de forma infundada. 

Richard Bruno Spadei
Tiene 58 años, mide un metro setenta y cuatro, posee un rostro maduro, de facciones fuertes que recuerdan a Gadafi al rompe.
Richard Spadei es un entusiasta de las artes que aprovechando el innegable parecido físico con el que muchos calificaron como al ‘Che Guevara de Arabia’ se atrevió a caracterizarlo. Spadei recuerda cómo nació la caracterización que los barranquilleros apreciamos en la última versión del Carnaval, donde debutó este ‘Gadafi tropical’ amigo de la salsa y la bacanería.
“Mi llave yo venía saliendo de la casa del carnaval, cuando un man me paró y así como en mamadera de gallo me dijo ‘hey loco tú te pareces a Gadafi, igualito’. En ese momento se me prendió el bombillo y comencé a estudiar la vaina, lo demás vino solito. Me hice la primera mecha como el man y entregué unas fotos a Carnaval SA. Así arrancó la jugada”. Spadei se ha desempeñado como comediante en algunos programas de humor de nuestro canal regional Telecaribe y en muchas ocasiones se ha valido del personaje emulándolo en distintas apariciones en la pantalla chica.
La muerte de Gadafi lo tomó por sorpresa, ayer por la mañana mientras se preparaba para organizar su día y como él mismo dice “para la batalla diaria del rebusque”. Cuenta que como ser humano sensible la muerte es algo que no termina de digerir y no se la desea a nadie, por lo tanto le produjo un profundo pesar conocer la suerte del ser humano que él viene representando con humor durante todo este tiempo.
“ Yo la verdad entiendo muy poco de eso, pero ese cuento tiene su nota por ahí ...” Guarda silencio por unos segundos y agrega “ la verdad uno no debe alegrarse de la muerte de nadie”.
Al preguntarle si sentía algún tipo de afinidad con el personaje que interpreta, respondió sin evasivas.
“ Socio, yo no soy amigo de las vainas autoritarias, me interesan los menos favorecidos y con este man a lo mejor comparto un poco de lo teso de mi carácter, nada más ¡Yo soy Gadafi, pero el de la nota bacana”, expresa.

Por Carlos Polo

“No somos unos vándalos, somos artistas urbanos" | El Heraldo

Por décadas la animadversión entre policías y grafiteros se podría asegurar que es un hecho evidente y hasta necesario. El viejo drama entre el gato y el ratón. Un escóndete que te atrapo.

Por un lado a los representantes de la ley les asiste la responsabilidad de hacer cumplir las normas dentro de la urbe. El lado B de este disco, la representan los jóvenes que impulsados por la necesidad de exponer su concepción del mundo, utilizando los muros de la ciudad como un lienzo, como hojas de papel en blanco, a la espera de unos cuantos trazos.

Wendy Ortegón Loaiza y Diego Felipe Becerra son protagonistas de dos historias y dos destinos ligados a una vieja disputa con distintos finales.

Becerra fue el joven de 16 años que murió luego de recibir varios impactos de bala propinados por un agente de policía de Bogotá en hechos aún no esclarecidos. Dos versiones encontradas circundan esta tragedia. La primera versión ubica a un Diego Becerra escapando de un uniformado al ser sorprendido pintando un grafiti y en el momento de la huida lo alcanzaron las balas por la espalda.

La segunda versión apoyada en las declaraciones de un conductor de una buseta, ubica al joven en medio de un atraco. Al parecer, Becerra se daba a la fuga del agente que lo habría identificado y por eso recibió los impactos.

La historia de Wendy. En Barranquilla, otra urbe, con las mismas necesidades de evasión y de fuga, otra ciudad con sus furias contenidas, también carga a cuestas con su historia de aerosol y verde oliva. Wendy Ortegón, activista de los derechos de la mujer e integrante de la agrupación Uter-rap, en días pasados denunció al subintedente Robinson Polanía por agresión física y verbal.

La joven relata el momento en que decidió estampar su tag, lo que equivale a la firma en el argot grafitero. Justo en el momento en que terminaba su etiqueta, relata que el representante de la ley se acercó atacándola primero verbalmente hasta llegar a los golpes. Wendy interpuso denuncia formal en la Fiscalía. Hoy espera los resultados de la investigación.

Los estigmas del grafiti. El graffiti es una manifestación de orden cultural, social y comunicativa, envuelta de manera activa dentro de la misma atmósfera de una ciudad. Durante años ha cargado estigmas asociados con el vandalismo y la marginación social, debido a su carácter transgresor, rebelde y contracultural que siempre le ha hecho frente a la autoridad.

El graffiti es uno de los 4 elementos que constituyen la cultural hip-hop que a lo largo de los años ha representado el ghetto y las minorías.

Barranquilla tiene sus adeptos, entre los distintos grupos que se expresan de forma furtiva usando los aerosoles y las paredes, los muchachos de Sinfincru, por ejemplo, llevan años dedicándose a esta práctica que algunas veces podría resultarles peligrosa y se debe ejecutar de forma clandestina.

“Yo soy Shot Dmente, ese es mi tag. Shot significa disparo, pero no se trata del disparo que sale de las armas, como ese que salió del policía que le disparó a un grafitero. Este es un disparo de arte”, asegura Eduardo Padilla, estudiante de diseño gráfico y uno de los grafiteros con mayor reconocimiento en este momento en la ciudad.

Lo que dice la norma. Fabián Herazo, secretario Control Urbano y Espacio Público, declaró. “La norma es la 140, que no permite avisos pintados sobre muros. Sin embargo, como esto cabe en la categoría de arte, lo que se tiene que entrar a mirar son los sitios. Porque si se trata de un espacio privado se necesitaría la autorización del propietario.

De resto, para nosotros esa actividad no reviste ilegalidad, mientras no produzca contaminación visual, lo que sí podría traer sanciones económicas ”.

Una pintada suele sacar lo mejor del ingenio popular, incluso a través de este medio la sociedad ha encontrado una manera de expresar su insatisfacción, su sentido del humor, o desahogar sus emociones, constituyéndose en muchos casos, como unos de los actos de rebeldía más antiguos de la humanidad ¡Nunca confíes en una mujer aunque se arrodille. (Bill Clinton) ! Para Carlos Ortega, (Lytto), no hay mayor generador de adrenalina que un muro solitario esperando por un disparo de aerosol.

¡En este lugar, en este agujero, termina el esfuerzo del buen cocinero!

Para (Kut), José Rada, las calles y sus muros no son más que una galería abierta con entrada libre para pintar y exponer su manera de pensar.

¡ El dólar no baja, se agacha para tomar impulso!

Eduardo Padilla recuerda los dolores de cabeza que la ha traído su amor por las latas y la pintura callejera. “Me han puesto a lavar baños, a trapear pasillos. Una vez me negué a lavar unas motos en una estación de policía y me tiraron un baldao de agua fría”.

A pesar de todos los padecimientos, su entusiasmo por su medio de expresión no mengua, no retrocede un milímetro. El coronel, Sergio López, subcomandante de la Policía Metropolitana, declaró. “ Normalmente ese tipo de delitos no tienen medidas de privación de la libertad, son querellables.

Los menores de edad son conducidos a una patrulla de infancia- adolescencia que debe informar a sus padres o responsables. En el caso de un adulto se conduce al inspector de policía y se pone a disposición de un fiscal, dependiendo las condiciones del caso se puede aplicar una multa o la reposición del daño.”

Mientras continúen en pie los muros de nuestras urbes, los furtivos cazadores de lienzos callejeros, pondrán a silbar sus aerosoles y así sentar sus pensamientos, de cara al mundo y al viento.

Géneros del grafiti

‘Art Graffitti’: nace de las calles, del hip-hop, y está conformado por varios subestilos como el ‘Tag’, escrito en un estilo personal y a un solo color.

‘El Throw up’: comprende varias letras o un listado de nombres, y suele llevar más dos colores. El ‘Piece’ resulta mucho más elaborado, y en él se usan como mínimo tres colores, y se emplean varios días en su elaboración.

‘Slogan’: también llamado grafiti público, y estos parten de una opinión personal y expresan una preocupación política o ambiental.

‘Latrinalia’: grafiti de corte privado del tipo que se encuentra en los baños, espejos y puertas; puede tener contenido reflexivo o poético.

Colores, aerosoles , rotuladores, pintores, innovaciones, diseñadores. Aquí no hay nada de publicidad malsana, bienvenidos a la galería urbana. (Yury Ai)

Por Carlos Polo



‘El Fantasma’ del Joe | El Heraldo


Ahora más que nunca, con la muerte del Joe, los rumores sobre la supuesta suplantación de su voz en tarima volvieron a tomar fuerza. Las voces especulativas le atribuyen a un fantasma el prodigio de replicar tras bambalinas los colores vocales del maestro.

Edwin Gómez, más conocido como El Fantasma, aclara los pormenores de todo lo que se dice.

Con la voz quebrada y entrecortada, intenta organizar sus palabras. De sus ojos resbalan unas lágrimas irredentas que no logra controlar. A escasos cinco pasos yace el cadáver de quien fuera en vida su ídolo, su jefe, su compañero de bembé, en últimas, su amigo.

“Erda mi hermano, esto es como si le desgarraran a uno el corazón, porque es que, el Negro no fue solo mi maestro, mi profesor, sino que era mi llave”. De fondo repican los cueros de los tambores africanos ceremoniales y unas voces negroides corean los cánticos con que le rinden homenaje al bardo del folclor caribeño.

Edwin se tranquiliza un poco. Enjuga sus lágrimas en un pañuelo blanco y en un arrebato emocional, deja escapar de su boca ese sonido particular que el Joe inmortalizó, esa especie de relincho de caballo o graznido de ave de rapiña que era como su sello personal. Y es que hasta en esto le tiene el tiro El Fantasma. A este hombre, que fue su norte y su ejemplo, al que escuchó por primera vez por las esquinas del popular barrio San Roque en los billares y en los improvisados partidos de bola e’ trapo con el picó a todo timbal de fondo.

Esa voz, ese color especial, ese sabor afro de la voz del Joe se le coló en el alma para no abandonarlo jamás. Fuma el barco, fuma el barco canta Edwin con ese ronquete particular que hace recordar enseguida al gran Joe y las similitudes en el tono se hacen evidentes, los gestos, el swing, todo está ahí, imposible de negar y la incógnita se ensancha. ¿En estos últimos años de quebrantos de salud, el Joe tuvo una voz fantasma que lo reemplazaba en tarima en los momentos difíciles?

“Yo le hice un arreglo musical al Joe en la canción Sabré olvidar. Sabré olvidar, ooooo, noooo”. Gesticula, canta y abre los brazos emulando a su maestro y saca de la manga una imitación de la forma como hablaba el Joe “Fantasma pero es que me tienes pillao, el caballito, la forma de hablar, la cantada, oye Fanta, ¿y eso qué es?”.

Desde ese entonces el Joe Arroyo lo invitó a trabajar con él como corista. “Al Joe le dio una isquemia cerebral y estuvo malo por esa época, y el hombre me pidió que le pegara una ayudita: Fanta te necesito en la banda, me dijo. Joe no tenía problemas de voz sino de memoria, por ejemplo, él entraba cantando y si se le olvidaba o se quedaba en la letra, alzaba la verruga y yo me daba cuenta y entraba de una para apoyarlo y hacíamos un jueguito bacano. Mira, yo nunca canté por Joe Arroyo, eso es una calumnia, una blasfemia, un montón de basura que se han inventado”.

Y ese fantasma del chisme se espanta cuando estallan en el recinto las palmas y la canción En Barranquilla me quedo.

Carlos Polo

El caballito, una marca, un sello personal imposible de imitar | El Heraldo


Con la prematura partida del coloso, se fueron con él muchos secretos, melodías, historias. Entre ese complejo universo personal que formó su carácter, su singularidad y su genio, el Joe, se inventó su grito de batalla, su sello personal, ese sonido particular que escapaba de su garganta y que él mismo bautizó como el caballito. Como un corcel negro y brioso, Joe Arroyo registró su relincho distintivo y este se convirtió en su marca registrada.

Explica Mauricio Silva en su libro ‘El centurión de la Noche’ en palabras del mismo Joe cómo descubrió ese singular sonido. “Eso me salió en la playa, cantando contra el viento, porque esa es la manera de crear resistencia en la voz. Así nació y sí, es una contracción de la garganta, este es mí sello, muchos lo han tratado de imitar”.

Juventino Ojito, compañero de tarimas y luchas, recuerda cuando el maestro le habló sobre el tema. “Él me contaba que desde muy niño empezó con la idea de la imitación de un caballo y que era una distracción: Pero ese divertimento se le fue convirtiendo en una cosa que sentía que la podía incluir en sus grabaciones.

También tengo entendido que alguien alguna vez le dio unos tips que era colocarse unas piedritas bajo la lengua y eso lo practicó él”.

Chelito de Castro cuenta que esa característica especial, ese toque particular, era parte de la magia del Joe y que por consecuencia no ha podido ver a nadie que lo pueda hacer igual. “He conocido muchos que tratan de imitarlo, que les sale parecido, pero no. Siempre que tocábamos Echao pa’ Lante el Joe lo soltaba.

Eso tenía que hacerlo sin abusar porque, eso requiere de cierto esfuerzo”.

Para Julio Estrada, el entrañable Fruko, ese fenómeno era único, irrepetible, algo que se le daba al Joe desde dentro, desde la misma esencia. Le nacía de manera innata.

“ Yo estuve de cuerpo presente en los estudios de grabación. Estábamos grabando El Ausente, yo le digo Joe, di algo y al Joe se le ocurrió grabar esa genialidad. Eso es de índole espiritual, como el grito de Tarzán, nada de piedras en la boca, se hubiera cortado u ahogado, ja, ja, ja, ja”.

Por ahora la técnica se fue con el maestro y nada se pierde con intentarlo.

¡Jiiiiiiiiiiiiiiaa!

Por Carlos Polo

‘El Negro Ray’, del fulgor salsero a la venta de almuerzos | El Heraldo


De una vieja grabadora empotrada en la ventana se escapan las azarosas melodías de salsa brava alternadas con algunos informes noticiosos de última hora.

El locutor comenta los detalles sobre el estado de salud del Joe Arroyo. El Negro Ray o Bollo e’ Yuca, como se conoce popularmente a Pedro Pablo Cárdenas, rastrea dentro de su cerebro algunos recuerdos de su infancia en Cartagena.

“Yo anduve pegado al Joe, el hombre cantando y yo tirando pases, estábamos pelaos y andábamos por ahí rebuscándonos, mira las vainas de la vida, ahora ambos estamos jodidos de salud”.

Al lado de las mesas disponen una serie de sillas, ajustando los detalles del comedor improvisado que funciona en la terraza de la casa de El Negro Ray.

Pequeño negocio con el que intenta resolver una situación económica difícil que viene apretando a la familia desde hace más de un año, cuando en la inauguración de un estadero en el barrio Las Moras, en una voltereta de baile, la vida de Pedro giró, giró… unos cuantos grados de alcohol en la cabeza, una tarima demasiado inclinada, el fervor de los timbales de Tito Puente​ amenizando la faena, la emoción, la velocidad de los pies volando en la descarga, la vuelta equivocada, el vacío y la caída… su médula espinal quedó afectada de tal manera que aún después de la operación y del año y cinco meses de terapias, Bollo e’ Yuca continúa sin poder subir a un escenario.

Pedro tiene 60 años, en el sabor de sus pies, en la gracia de sus caderas y en los contoneos histriónicos de su cuerpo siempre ha estado la fuente de sus ingresos. Bailarín y humorista.

El Negro Ray ha pasado por muchas facetas en esta vida. De niño, al lado de su padrino, recorría los estaderos de música boricua en La Heroica bailando mambo. De ahí nació la inquietud que lo traería hasta la ciudad de Barranquilla, jugándosela en cuanto concurso de baile de salsa apareciera, siempre saliendo victorioso.

De trofeo en trofeo, de medalla en medalla, se fue moviendo entre las capitales más importantes del país, ganándose una reputación que hasta el día de hoy le ha merecido un gran respeto y reconocimiento. En casa de su madre conserva una colección nada despreciable de 69 trofeos y 12 medallas.

El Negro Ray llegó a punta de esfuerzo al Ballet de Colombia, donde logró sostenerse durante ocho años. Pedro Cárdenas se alimentó de mundo. Nueva York, Londres, Bélgica, España, Francia y otros más. Con una vieja carpeta en sus manos, Pedro Pablo enseña los viejos recortes de un ‘periódico de ayer’, donde su vida y sus logros se van destiñendo poco a poco.

El Negro abandonó el Ballet para seguir una carrera en solitario, y de estadero en estadero arrancó con su rutina de fonomímicas, con las que fue cultivando un público. De golpe llegó la televisión. Al lado de sus amigos Ley Martin y Rafael Sequeira, inicia su faceta de humorista. Llegan momentos de abundancia, de contratos, dinero y estabilidad.

El show de Ley Martin, La gozadera y Sabroshow, programas con mucha audiencia. Su popularidad subía, y su vida entraba en un torbellino de desenfreno: gastos, mujeres y licor. Hoy, con su caminar rengo, apoyado en sus muletas, se lamenta de tantos errores ingenuos.

Sobre todo al recordar que cuando podía trabajar, devengaba alrededor de ochocientos mil pesos al mes, y en este momento sino es por el rebusque de los almuerzos no sabría qué sería de él y su familia. El Negro añora con toda su alma el adictivo sabor de los aplausos, la magia dormida que habita en sus piernas.

Sintiendo el abandono y la indefensión en que se encuentra sumido no puede evitar unas lágrimas que resbalan por su rostro.

“Esto es duro, no poder bailar, no poder trabajar, yo estoy solo, la gente me ha dado la espalda, yo necesito ayuda”. Suelta estas palabras, y en su mirada deja entrever la magnitud de su tristeza.

La vieja grabadora escupe una dolida canción de arrabal, lenta, densa, melodramática. Pedro intenta no quejarse, pero el parte médico no arroja un dictamen alentador. Aún le faltan muchos meses de terapias y recuperación. Ray agradece el apoyo de Moisés Imitola y de Lao Herrera, que han estado apoyándolo. Sin embargo, le toca afrontar su realidad con resignación, a los pagadiario en la puerta de su casa, y las terribles ganas de volver a bailar.

Una escena soñada se repite en su cabeza: él totalmente recuperado sacando la candela de sus piernas, montado en una tarima, una luz puntual persiguiendo cada uno de sus pasos. De fondo la canción El militar, de Tito Puente, los cueros estallando y sus piernas como bólidos a toda velocidad, respondiendo, mientras gira, gira…

En sus oídos explotan esos apoteósicos aplausos que representarían el fin de este mal sueño.

Por Carlos Polo

El poeta Carteganero Gonzalo Alvarino avistó una de mis tantas muertes

En un jueves de lluvia mortecina, todos en Barranquilla se parecen a Carlos Polo. Esta tarde de arena mojada llora a un único muerto.
En Barranquilla la muerte tiene los zapatos de Carlos Polo y los arroyos recitan un poema con sus dientes. Y Carlos toma cerveza sucia en La Vía 40, ignora que lo he visto morir en esta lluvia que huele a pescado mientras su voz partida grita en la tormenta.
Carlos escucha esa multitud sin nombre
que busca su escapulario para morir con un lápiz sin punta en la garganta

Gonzalo Alvarino